25 Sep Cuando el lifestyle se queda sin vida real
El desahucio de Maricarmen ha puesto frente al espejo a las instituciones. También invita a preguntarnos qué hacemos con la influencia que hemos convertido en profesión.
Maricarmen tiene 87 años. El 23 de septiembre fue desahuciada de la casa de Madrid en la que había vivido desde 1956. Salió en camilla, mientras cientos de personas se concentraban para apoyarla. Es una imagen difícil de olvidar. También debería ser difícil pasar a la siguiente historia de Instagram como si nada hubiera ocurrido.
En los últimos años hemos visto crecer a las creadoras de contenido lifestyle hasta convertirlas en referentes de consumo, viajes, moda, bienestar y formas de vivir. Algunas han construido comunidades enormes y relaciones de confianza que muchas marcas querrían para sí. Saben captar nuestra atención y, en ocasiones, cambiar nuestras decisiones.
Por eso, ante un caso como el de Maricarmen, surge una pregunta legítima: ¿qué responsabilidad acompaña a esa capacidad de influencia?
No creo que una influencer deba pronunciarse sobre cada noticia, ni que publicar una historia sea una prueba de virtud. El compromiso impuesto suele acabar en una frase apresurada que desaparece a las 24 horas. Tampoco sería justo afirmar que todas las creadoras lifestyle han guardado silencio: algunas personas con presencia pública sí apoyaron a Maricarmen.
Pero la pregunta sigue ahí. Si alguien habla a diario a miles de personas sobre «vivir mejor», resulta extraño que la vivienda, la soledad o la vulnerabilidad de nuestros mayores queden sistemáticamente fuera de esa conversación. La vida que mostramos en redes no termina en la puerta de un hotel, un restaurante o una casa perfectamente decorada. También está en el portal de una vecina que teme perder la suya.
La influencia no obliga a convertirse en periodista ni en activista. Sí ofrece posibilidades concretas: escuchar a quienes conocen el problema, compartir información contrastada, dar espacio a las personas afectadas, señalar dónde encontrar ayuda o usar una colaboración para apoyar una causa. A veces, lo más útil es apartarse del centro y dejar que hablen quienes llevan años trabajando sobre el terreno.
Como profesional de la comunicación, creo que las marcas también deben hacerse esta pregunta. Durante mucho tiempo hemos elegido perfiles por alcance, estética y afinidad con el producto. Son criterios razonables, pero insuficientes si después hablamos de propósito, comunidad o valores. Conviene mirar cómo se relaciona una persona con el mundo que hay fuera de su contenido patrocinado. Y conviene exigirnos lo mismo a quienes diseñamos las campañas.
Eso no significa trasladar a las influencers la responsabilidad de resolver una crisis de vivienda. Maricarmen necesitaba una solución habitacional, no una campaña de visibilidad. Las instituciones y los actores implicados deben responder por las decisiones que hicieron posible su desahucio. Un millón de visualizaciones no sustituye una vivienda digna.
Precisamente por eso me interesa hablar de influencia. Porque, cuando una historia ya está ante nuestros ojos, cada cual debe decidir qué hace con su voz. Los periodistas debemos contarla con rigor. Las instituciones deben actuar. Las marcas pueden elegir qué apoyan. Y quienes viven de la atención de los demás pueden preguntarse si alguna vez van a dirigirla hacia alguien que la necesita.
Quizá esa sea la crisis de cierto lifestyle: no que muestre cosas bonitas, sino que haya aprendido a mostrar una vida de la que han desaparecido los demás. El caso de Maricarmen nos recuerda que una sociedad también se retrata por aquello ante lo que decide detenerse.
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