El 29 de noviembre no votamos al mejor meme

Me gusta un buen meme. Me río, lo comparto y disfruto especialmente cuando consigue resumir con ingenio algo que llevaba días pensando. Hay mucho talento en esa capacidad de retratar una contradicción con una imagen y seis palabras.

Pero ahora que España vuelve a las urnas el 29 de noviembre, me ronda una pregunta: ¿qué queda de un candidato cuando se acaba la gracia?

Una investigación de la UAB y la Universidad de Pensilvania aporta una reflexión interesante. Tras analizar 2.500 vídeos de TikTok sobre el fenómeno «Kamala is Brat», durante la campaña estadounidense de 2024, las investigadoras muestran cómo el humor, la música y las referencias culturales permiten expresar afinidad política y participar en la construcción de la imagen de una candidata.

Compartir un meme puede ser una manera de decir «estos son los míos». Eso tiene valor. También merece que nos detengamos a pensar.

La sátira política lleva mucho tiempo entre nosotros. Hemos crecido con viñetas, imitaciones y programas de humor que han sabido retratar al poder con una precisión que ya quisieran algunos análisis sesudos. No voy a ponerme estupendo ahora porque el chiste llegue en vertical y con música.

Como periodista y profesional de la comunicación, me parece necesario entender esos lenguajes. La política tiene que saber conversar en los espacios donde está la gente. Y el humor puede abrir una puerta a quien nunca se sentaría a escuchar un debate entero.

Mi preocupación empieza cuando la simpatía nos ahorra las preguntas.

Cuando nos basta con que un candidato tenga una respuesta ingeniosa. Cuando celebramos una ocurrencia de los nuestros que nos parecería impresentable en boca de los otros. Cuando compartimos un corte sin interesarnos por lo que se dijo antes o después.

Ahí también tenemos responsabilidad quienes estamos al otro lado de la pantalla.

De aquí al 29 de noviembre, me gustaría que midiéramos la comunicación política con algo más que reproducciones. Que detrás de una frase contundente pudiéramos encontrar una propuesta. Que una entrevista dejara respuestas, además de clips. Que hubiera espacio para explicar una decisión difícil sin convertir cada matiz en una debilidad.

La vivienda, la sanidad o la educación merecen algo más que una buena réplica. Merecen preguntas, datos y tiempo. Y merecen que podamos exigir explicaciones incluso a quienes pensamos votar.

También nos toca revisar qué celebramos desde nuestra profesión. Sabemos lo difícil que es captar la atención, pero conseguirla no puede ser el único criterio de éxito. Un contenido puede funcionar estupendamente en redes y dejarnos exactamente con las mismas dudas.

El estudio de la UAB analiza formas de expresión y participación, no demuestra que un meme se traduzca en votos. Conviene recordarlo antes de confundir una conversación muy visible con lo que piensa todo un país.

Yo quiero una política que comunique bien, que tenga humor y que sepa conectar. También quiero poder escucharla durante cinco minutos y encontrar algo más que el momento que su equipo recortará después.

Seguiré compartiendo memes. Algunos, con mucho gusto.

Pero el 29 de noviembre llevaré una papeleta, no un «me gusta». Y para decidirla necesito algo más que una buena ocurrencia.

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